sentir que sólo siento

escribir para mi siempre ha sido de mis actividades favoritas que me permiten darle sentido a mi experiencia humana. en mi adolescencia se presentaba más en el formato de poemas y en mis 20 se presenta… de muchas. como mis 20. a veces más consistente y a veces más esporádica. explorativa pero estable. sincera pero sin saber del todo como abrazar mi sinceridad.

en fin, ahora mi escritura está en su etapa explorativa. me gustaría incorporarla más en mis ilustraciones, pero me meto tanto en mi cabeza de como sería la composición final que termino no haciéndolo. un poco como la idea de escribir en un blog, es bonito darle agua y cuidar la planta de esa idea pero ponerla en práctica es una planta dentro de mi que necesita más amor. pero ajá, acá estoy sentada un sábado a las 6:14 de la tarde, en los Alpes con mis amigos de esta etapa de mi vida, escribiendo lo que ya mis manos no podían seguir sosteniendo entre si.

cuando mi escritura se presenta, a veces interviene dibujos de cuerpos surrealistas, o aparece en conversaciones de viernes en la noche en un bar de Kreuzberg con una persona que acabo de conocer, o en una caminata nocturna por Bodelsberg para ver las estrellas mientras conocía a Ella, la novia de un amigo que está en este viaje conmigo.

pero desde el verano volvío en forma de poemas, y mi corazón salta de la emoción.

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este poema nació en el colchón que me regaló horas de sueño durante mi estadía en Gorzánow, Polonia, mientras cursaba mi primera residencia de artistas. una noche tras mucho ajetreo creativo, decidí que la hora de cerrar los ojos había llegado - pero de costumbre, una vez en pijama y metida en la cama, se activa mi procrastinación para acostarme a dormir. en la ciudad suele ser seguida de coger mi celular y ver fotos del pasado o de conversaciones de WhatsApp - hábito que no se si otros comparten pero que me estoy intentando cambiar - pero en esta tarde noche húmeda veraniega, con vientos refrescantes y mosquitos andantes, cogí mi cuaderno rectangular y sin saberlo empecé a escribir.

 

a los 19 años leí como elizabeth gilbert tuvo un episodio donde empezó a escribir sin procesar lo que sus manos moldeaban en la hoja blanca. una experiencia donde, para ella,  sus ángeles se conectaron y sus manos fueron el medio para traerle en literal el mensaje que intentaban comunicarle. leer eso me hizo un click inmenso porque desde pequeña me sucedía aquello - y fue de esas cosas que nunca le puse un nombre porque no sabía que esa experiencia era un concepto en sí.

 

así me sentí aquella noche - escribí del amor que he construido con consciencia y mucha paciencia a mi misma y a mi cuerpo, una relación que ha sido complicada por la mayor parte de mi vida.

y escribí de otra de las cosas que más me encanta: la nostalgia de mis amores pasados.

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no entiendo por que me salen las palabras en inglés en vez de español. siento que parte de la educación que recibí aplaudía más los anglicismos que mi lenguaje y cultura propia. desde mi re-mudanza a Alemania he observado esto con más detalle y esa parte de mi cerebro sigue como bajo construcción. lo veo así como una zona poblada por muñequitos del juego de “Dumb Ways To Die” que jugaba a mis 12 años con mi primer iPod.

estos muñequitos trabajando en reconstruir esa parte de mi cerebro para que hable más español y honre mi parte hispanohablante. deja la güebon*da!!!! habla español!!!! le gritan a los pensamientos andantes ingleses que se creen mejor.